Músicos y el estallido social; Tocar en el balcón y lo inútil de la vanidad

El 18 de octubre de 2019 comenzó la mayor revuelta social en la historia de Chile. Son múltiples factores los que dan origen a las ideas de subversión y son variados los actores que toman protagonismo en el movimiento. La labor social de los músicos es comunicar ideas de cambio y durante el estallido social, el panorama no es diverso, pero la actitud del mundo de la música docta resulta bastante cuestionable.

La incredulidad de Santo Tomás – Caravaggio

Contexto

En agosto de 1942, la ciudad de Leningrado se encontraba bajo la invasión del ejército nazi alemán. A pesar de que no era la primera vez que sonaba (ya lo había hecho la Orquesta del Bolshoi en la ciudad de Kuibyshev), se estrenaba en Leningrado la 7° Sinfonía del compositor ruso Dimitri Shostakovich, interpretada por la Orquesta de la Radio de Leningrado, o mejor dicho, lo que quedaba de ella, ya que muchos de sus integrantes murieron en bombardeos, algunos otros de hambre o mal heridos, mientras tocaban por última vez su instrumento durante el primer y único ensayo. El concierto solo pudo llevarse a cabo, gracias a que la plana mayor del ejército rojo logro contener la carga de cañones dirigida directamente al teatro por parte del ejército nazi durante el concierto.

El 18 de octubre de 2019 comenzó la mayor revuelta social en la historia de Chile. Son múltiples factores los que dan origen a las ideas de subversión y son variados los actores que toman protagonismo en el movimiento social. La música es, sin duda, la expresión artística más eficiente a la hora de comunicar ideas revolucionarias, ya que, debido a los múltiples estilos (muchos de ellos populares y urbanos), logra llegar prácticamente al 100% de la población sin mayor esfuerzo. Desde la época de los juglares en el renacimiento, la labor social de los músicos es comunicar ideas de cambio. Durante el estallido social, el panorama no es diverso.

Hoy en día, y desde hace casi un siglo, la música ha sufrido una división más que notoria. Por un lado tenemos la música popular, la que ha sido un factor medular en la gestión de las ideas que han impulsado los cambios sociales, con el folclor, el pop, el rock, el jazz y el rap entre otros géneros, no solo en Chile, también en todo el mundo. Y por el otra parte, tenemos la tradicional música docta. Esta última, durante el estallido social, ha revelado y puesto en evidencia su verdadero rol en nuestra sociedad, que es estar al servicio de las élites, como uno entre tantos instrumentos de segregación, que funciona como el guante con el que la clase social privilegiada ha abofeteado por siglos a aquellos que no han tenido la oportunidad de tener una buena educación, que no provienen de familias de tradición, a quienes pertenecen a lo más profundo de las clases trabajadoras, a todos aquellos que han sido por muchos años nada más que su servidumbre, entre esos, los propios músicos.

Durante los episodios más duros que han caracterizado esta revuelta social, la ausencia de las principales personalidades de la música docta nacional fue igual o peor que la de la iglesia católica.

Opinión

Como digo a menudo “no es grave no saber algo, lo que sí es grave, es creer que lo sabes y actuar bajo esa primicia sin enterarte”.

La primera cosa que debemos hacer los músicos doctos, los que estudiamos en el conservatorio, los “músicos de verdad” como nos gusta decir, es aceptar que no somos más que empleaduchos, matones, y de los más baratos, de última clase, que estamos para destacar las enormes brechas sociales y culturales, que servimos para flagelar la cultura popular, pero no flagelamos por hambre o por sobrevivir, lo hacemos por vanidad, por sentirnos especiales, tenemos vocación por la segregación. Esta es la principal razón por la cual el rol de los músicos doctos en el estallido social es insignificante, nulo e inútil, totalmente incapaces de ser consecuentes con su propia clase social, porque el músico docto es mayoritariamente clase media baja, pero como sirve a las élites de manera directa, tiende a confundirse y a olvidar a momentos que es un instrumento, una luma, un vulgar azote.

Sé que es inevitable no hacerse cargo de lo que sucede con la labor social que muchas veces se pretende, y en otras tantas se logra de manera bastante consistente, aunque extremadamente aislada, con la música clásica. Me refiero derechamente a sacar niños de los estratos sociales vulnerables (de la pobreza) enseñándoles a tocar un instrumento musical. Es menester aclarar lo siguiente: Para salir de la pobreza, es necesario un instrumento social sistemático que permita tal utópica hazaña, de lo contrario, es imposible, por lo menos así lo evidencia la historia de la humanidad, por lo que cuando se pretende sacar de la pobreza a un niño enseñándole a tocar violín, lo único que se consigue es perpetuar su condición y multiplicar las posibilidades de que nunca salga de su estado de pobreza, salvo algunas excepciones, algunos “errores del sistema”.

Retomando el rol en el estallido social, es preciso hacer la comparación en el modo de aportar al movimiento social de los distintos agentes. Para los que apoyamos el estallido social, es inevitable inquietarse con lo que sucede en las calles, con los enfrentamientos entre manifestantes y las fuerzas del orden, y todo lo que sucede alrededor de estos enfrentamientos. Hemos sido testigos de verdaderas hazañas de intrépidos que, armados con instrumentos caseros y rudimentarios, arriesgan su vida por la causa, o muchas veces, por la integridad y la vida de otros manifestantes, por ejemplo, los improvisados equipos de rescate que actúan para dar primeros auxilios a los heridos. Hemos visto niños enfrentarse cuerpo a cuerpo en contra de carabineros de fuerzas especiales armados y equipados. También vimos a periodistas y reporteros recibir golpizas mortales y ser baleados por militares que se declaran en guerra. La realidad de los niños del sename, los femicidios, los asesinatos, violaciones y desapariciones de los cuales hemos sido testigos durante mucho tiempo, también durante esta revuelta social en manos de militares y carabineros, son sin ninguna duda, motivo de rabia e indignación.

No es raro sentir la necesidad de detener todo esto de alguna manera, de dar un alto súbito a tanta injusticia, o por lo menos, aportar en que estas cosas no sigan sucediendo, para lo cual, pensando en cómo se puede actuar de la manera más categórica e influyente posible, y de acuerdo a la gravedad y urgencia del asunto, algunos consientes han tomado la tajante y valiente determinación de tomar su teléfono móvil, tomar su instrumento, salir al balcón y grabar un video tocando “El derecho de vivir en paz” para después subirlo a sus redes sociales, y a punta de likes dar un verdadero tiro de gracia a la oligarquía chilena… ¡Patético!

Atrás quedaron aquellos años de guerras mundiales donde los músicos doctos combatían al invasor, armados con su instrumento (y probablemente con un fusil y un par de balas) y la 7° sinfonía del compositor ruso Dimitri Shostakovich, con una duración de 80 minutos aproximadamente, titulada “Sinfonía Leningrado” interpretándola en el mismísimo Leningrado y en medio de hambruna y bombardeos del ejercito nazi.

Las cosas han cambiado, y en chile probablemente nunca fueron (tampoco llegaron a tener ese calibre quizás, por suerte), ya que la música docta nacional, jamás ha sido parte de la cultura popular, nunca en la historia de Chile hemos hecho una sola cosa que nos haga dignos de estar a la altura de un estallido social, y aunque sea tan patéticamente triste, ni siquiera hemos sido un aporte para el desarrollo de nuestra propia identidad nacional, nuestra historia está escrita en la más infame mediocridad. ¿Para qué sirve la música docta en Chile?

Nuestra lucha de likes es la evidencia fehaciente de que esta moda de salir a tocar a los balcones “para darle animo a los que pelean en la calle” o “para visibilizar el movimiento” no es más que nuestra vanidad y nuestra vocación por la segregación, que todos noten que somos “un tanto diferentes”.

No hicimos nada para la revolución pingüina del 2006, tampoco para la estudiantil del 2011, por lo menos para esta, tengamos la decencia de aceptar que como músicos doctos, una vez más, no vamos a hacer nada, porque simplemente no sabemos qué hacer, o lo que hacemos no sirve para nada. Lo único que nos queda es salir a la calle, tomar un par de piedras, y hacer lo que la gente común y corriente ha hecho todo este tiempo, de lo contrario, toma tu redes sociales y hazte a un lado, basta de segregar, abramos los ojos de una vez y paremos de creer que somos especiales.

«Oye, tu me dices que protestas, pero tu postura no molesta, dime si tu fin es algo atacar o ganar aplausos» – Jorge Gonzalez

Sobre la especialización en la música clásica, basado en la obra de Martin Heidegger

El siguiente texto busca pensar y cuestionar el sistema educativo musical, desarrollado en la educación superior, en las universidades y conservatorios de música, aquel sistema al que se someten las personas que desean realizarse a través de la música, o en este caso, de la interpretación musical, y hacen de esto su oficio, su trabajo y su principal herramienta de subsistencia.
Para explicar conceptos como la idealización del oficio, la opción de ser músico, la relación que se tiene con el tiempo invertido en estudio, y todo lo que tenga que ver con existencialismo, citaremos la obra de Martin Heidegger.

Muchos estudiantes de música, o mejor dicho, aspirantes a estudiantes de música, sueñan con entrar a un conservatorio, el olimpo (donde moran los dioses) de la actividad musical. La edad promedio de entrada a un conservatorio, por lo menos en Chile, debe ser de alrededor de los dieciséis o diecisiete años, donde muchos aspirantes se preparan arduamente para rendir las exigentes pruebas de ingreso a dichas instituciones. Un sinnúmero de estos alumnos (y padres) hacen la apuesta de sus vidas, y dejan la educación formal, sus ciudades, sus hogares, sus familias y amigos, por una razón noble y poderosa. Para algunos, el último vestigio de una educación pseudo integral, consiste en rendir exámenes libres, los más osados piensan que ni siquiera eso necesitan, para abocar su vida entera a lo que será su actividad principal, su vida y la razón de su existencia. Porque muchos sienten, creen, y los hacen creer, que tienen una deuda existencial y/o divina, sienten que vinieron al mundo con un propósito específico, que tienen una deuda con quien les ha otorgado el don, y no dejarlo todo por desarrollar tan importantes aptitudes, sería despreciar y tirar por la borda la posibilidad de un glorificado destino.

Para explicar este fenómeno citaremos la obra de Martin Heidegger, y haremos referencia a lo que el  llama la vida autentica y la vida inauténtica experimentada por el Dasein, así como la idea de que este Dasein esta arrojado a la posibilidad, por esto, volvamos a la situación antes expuesta.

Para Heidegger somos Dasein, somos el ente existencial que se pregunta por el SER, mejor dicho, somos el SER que se pregunta por el SER, el cual es posibilidad, y en este ejercicio de reflexión es donde el Dasein logra tomar conciencia de la posibilidad única, que es la de morir.

Cuando optamos por volcar nuestra existencia a la interpretación musical, y creemos tomar la decisión de pasar el resto de nuestras vidas encerrados en una sala, tocando un instrumento musical por muchas horas al día, finalmente aceptamos esto como una realidad, pero el hombre no es realidad, si no, posibilidad. Olvidando todo quehacer que no tenga que ver con la actividad musical en sí, lo que de verdad se hace, es comenzar un proceso de sometimiento a la acción de ejecutar un instrumento, hasta llegar al momento en que dejamos de preguntarnos el porqué de nuestra actividad, comenzamos a ser devorados por el mundo. Lo curioso es que, al parecer, esto es justamente el objetivo del sistema educativo musical, el sometimiento a lo otro, ya que, según Heidegger, el acto de cuestionar la actividad, de ser consciente de las posibilidades, y de aceptar que somos seres para la muerte, es el acto natural del Dasein, pero lo cierto es que, en las instituciones musicales, según profesores y estudiantes, el acto de cuestionar, resultaría ser una actividad “poco productiva”.

Por otra parte, es así como un instrumento musical, herramienta del músico por la cual habla la propia música como expresión humana y artística, se vuelve un simple utensilio. Para entenderlo de manera más específica, un instrumento musical, en este caso, un violín, una partitura y un atril en un teatro, no tienen ninguna relación en sí, no significan nada, son simples utensilios, pero para que estos se relacionen entre sí, debe existir un proyecto humano, es entonces el Dasein (el SER pensante que se pregunta por el SER) quien dice “voy a hacer música” y en ese momento es donde se relacionan entre si el violín, la partitura y el atril en un teatro, para convertirse en una “interpretación musical”, o un concierto, si se le quiere llamar así. Por esto, resulta paradójico que en los conservatorios no se enseñe a pensar y a cuestionar, en resumen, a proyectar, ya que es precisamente por esto, que toma significado un acto natural como es la emisión de sonidos, para pasar a ser música. Es el proyecto humano lo que le da un significado al mundo.

Ahora, ¿cuál es la razón real de porque creen, profesores y alumnos, que es necesario pasar muchísimas horas practicando como ejecutar un instrumento musical, olvidar el mundo que es real, que está ahí y que no va desaparecer? La razón es el Tiempo, pero, ¿qué es el tiempo?

Según Heidegger, el tiempo está regido por la posibilidad de todas las posibilidades, que es dejar de ser posibilidad, dicho de manera más simple, que vamos a morir, pero, ¿Cuándo y quién va a morir? Y, aunque esta mañana se tenga planeado pasar el día encerrado, practicando un instrumento, para poder ser un destacado interprete musical, lo cierto es que llegar a serlo, es solo una posibilidad, mientras que morir, es inminente. El Dasein sabe que va a morir, pero no sabe cuándo, entonces vive para negar la idea de la muerte, por medio de proyectos como, ser un consagrado y exitoso músico, por ejemplo, y cuando se vive estas posibilidades como realidades, se está teniendo, según Heidegger, una vida inauténtica,  pero cuando se está consciente de la muerte y se acepta como algo intransferible, admitiendo que soy yo quien va a morir, y a pesar de eso decide vivir, se dice que vive una vida autentica.

La importancia de vivir auténticamente, reside en no someterse al Dasman.

Se piensa que para ser un buen músico, se debe suprimir cualquier actividad que intervenga, en relación al tiempo, con la práctica de un instrumento musical, en resumen, no perder el tiempo en “tonterías”.  Para negar la existencia inminente de la muerte, el hombre se entrega al Dasman, al SE, entonces podemos apreciar que SE dice que SE debe practicar muchas horas al día, SE dice que no SE debe perder el tiempo en cosas que no sean la práctica diaria. El Dasein inauténtico acepta al Dasman, y piensa lo que SE piensa, lee lo que SE lee, opina lo que SE opina, y con esto se busca unirse a ese UNO, con el fin de no pensar, de no cuestionarse nada, con el fin de no aceptar que la muerte es inminente.

Cuando se reniega de la posibilidad de morir, se encuentra al Dasman, que busca unirse al UNO para no pensar por sí mismo y no tomar conciencia de sí mismo, de su destino y de ser un SER para la muerte, se acepta hacer lo que SE hace.

Tomemos un ejemplo, cuando el profesor le dice al alumno “tal obra, de tal compositor, se interpreta de esta manera, de no ser así, no aprobaras el examen” lo que se está haciendo es enseñar (someter) al alumno a hacer lo que SE hace y a pensar la obra como SE piensa, a interpretar como SE interpreta, cayendo en una subestimación de la capacidad del alumno como un SER pensante, como Dasein, que puede interpretar los hechos por sí mismo, y a final de cuentas, ¿quién dijo que se piensa así, o que esa obra musical se interpreta así? ¿Es correcto someterse a la imposición del anonimato? ya que generalmente, si se trata de llegar al fondo de la fuente, es muy probable que esa fuente no exista y esté pérdida en la temporalidad, entonces, ¿vale la pena someterse a la imposición de hacer lo que la nada dice?

Es quizás esa la razón del porque las instituciones de educación musical buscan un perfil profesional inauténtico para sus alumnos, basado en una súper especialización, recreados bajo estereotipos venidos de otras realidades y que son impuestos por medio de lo que Heidegger llama La avidez de novedades, explicado para este caso de forma simple como, la imposición (por medio de la publicidad, dice Heidegger) que el sistema –valga la palabra- impone a sus alumnos de ser como otros son, de pensar como otros piensan y de interpretar la música como otros la interpretan, y es en este ejercicio donde se niega a los alumnos profundizar en sus propias capacidades, los alumnos se transforman en entes incapaces de pensar y cuestionar la actividad en la que son expertos, se transforman en ERRANTES.

¿Será que lo que se busca es que los estudiantes se transformen, más que en personas capases, en personas útiles?

Sobre la especialización en la música clásica, basado el pensamiento de Karl Marx

La carrera musical es una actividad profesional de carácter artística, pero ¿realmente lo es? ¿Se estudia en universidades y conservatorios una forma de expresión, un oficio, o simplemente los estudiantes son preparados para ser profesionales competentes y útiles, pero, útiles para que, o para quién? En el perfil profesional de un músico egresado, cuánto hay de materias como la filosofía, la estética, el mercado laboral, el desarrollo y gestión de proyectos, finanzas, leyes laborales, etc. Diez horas de escalas y arpegios, por diez días seguidos, te aseguran la técnica, pero, ¿aseguran un desarrollo personal integro, o una estabilidad económica? ¿En qué momento se llega a la conclusión de que se es mejor músico cuando se ejecuta un instrumento musical de forma impecable, totalmente carente de errores y de manera sistemática? Parece ser que ajustarse a una forma, a un estereotipo, es el objetivo a conseguir por parte de cualquier estudiante de música, pero, ¿a un estereotipo que obedezca a qué necesidades? ¿Que obedezca a que, o a quién? Y, ¿qué hay de los profesores? ¿El sistema educativo les propone objetivos claros? ¿Se busca enseñar a los jóvenes intérpretes a ejecutar un instrumento? ¿Y para qué?

Toda persona que tenga cierto tipo de familiarización con la actividad musical, específicamente en lo que se refiere a la música docta y académica, la que se estudia en el conservatorio, habrá experimentado, o por lo menos escuchado de las interminables rutinas de estudio que llevan a cabo los interpretes de un instrumento musical, dicho sea de paso, carreras como la interpretación en violín o en piano, tienen como duración doce o quince años aproximadamente, en donde la mayor parte de estos años se tiene solamente dos asignaturas, instrumento principal, que es básicamente, cómo ejecutar la música en el instrumento, y teoría o lenguaje musical, que es, cómo leer y decodificar la música que se va a ejecutar en el instrumento. Esto tiene un objetivo específico, es la súper especialización.

La división del trabajo y la manufactura, tratada por Karl Marx, aquella que posee el trabajador fraccionario, como explica en su libro El Capital, es quizás el concepto que permite abordar de una manera mas sincera y sensata dicho fenómeno, que obviamente, no tiene que ver con un desarrollo artístico personal, mucho menos de carácter divino o metafísico, más bien, obedece a requerimientos sistemáticos sociales que tienen más que ver con el capital industrial, que con la creatividad y la expresión musical.

Comencemos por analizar el hecho de ser músico. Se piensa que un músico, es un artista, mejor dicho, artesano y, en esencia, se está en lo correcto, ya que un artesano es quien desarrolla su propio producto, su propio capital de trabajo, que puede ser comercializado para beneficio personal, que en este caso es la música, o el producto musical. Cuando se es músico, se es dueño de este oficio como capital humano, este genera un producto, el cual, el músico puede administrar a conveniencia para satisfacer sus necesidades propias.

Bien, si se tienen en cuenta que en los conservatorios de música de estos tiempos, muy por el contrario de esos donde se formaron los más grandes músicos de la historia, las mallas curriculares –indiscutiblemente- están destinadas a formar especialistas en una actividad puntual y en particular, a costa de abandonar toda actividad personal que intervenga con la productividad musical. Por ejemplo, la división de carreras por instrumentos o actividad (carrera de intérprete en piano, en violín, en guitarra, carrera de composición, de teoría, etc.), todas son especializaciones, y lo que buscan es que los interpretes sean cada vez más expertos y competentes en su área puntual, se logra que estos sean tanto más perfectos profesionales, cuanto más incompletos sean.

En los conservatorios se promueve una educación que no es, en absoluto, libre ni creativa, si no constrictiva. Basta con analizar la finalidad de las evaluaciones a las que los alumnos son sometidos, que a su vez exigen una preparación determinada para estas, que consiste en “educar” al alumno, imponiéndole formas de pensar, sentir e interpretar la música, donde evidentemente lo que se busca es que el alumno alcance un estereotipo lo suficientemente productivo para ser útil, y ganar el suficiente dinero para sobrevivir.

El objetivo de la mayoría de los músicos egresados de las instituciones de educación superior y conservatorios, es hacerse dependientes y trabajar en una orquesta o institución cultural. Si no entraron con esa concepción del oficio de músico, se las impusieron dentro de la carrera, ya que no le enseñaron ninguna otra cosa más que a tocar un instrumento. Los perfiles profesionales obedecen a estos requerimientos del sistema, hasta algunas universidades ofrecen en sus carreras menciones y especializaciones como “músico de orquesta” o “pianista acompañante”.

Para entender esto es conveniente revisar la división de trabajo y la manufactura.

Tomemos como ejemplo lo siguiente. Donde antes, para llevar a cabo un concierto, un mismo músico se encargaba de construir o mantener físicamente su instrumento musical, componer la música, escribirla en partituras, interpretarla, gestionar y producir el concierto, hoy con la división de trabajo se tiene una persona que construye y mantiene físicamente un instrumento musical, otra persona que compone la música, otra que la trascribe, otra que la ejecuta o interpreta, y otras varias personas que gestionan y producen dicha actividad.

Marx explica la división de trabajo de la siguiente manera. En síntesis, el capitalista, para generar mayor productividad, utiliza a distintos artesanos, ahora especialistas en sus áreas, para crear una cadena de producción.

Si se detiene a pensar, puede parecer que realizar todas estas actividades es demasiado trabajo para una sola persona, probablemente tomaría mucho tiempo, y en efecto, es demasiado trabajo, más aun teniendo en cuenta que el valor de este, está relacionado directamente con el tiempo que toma generar el producto, y por el contrario, cuando uno realiza solo una de estas actividades, puede parecer un trabajo relativamente corto y sencillo. Pero el producto resultante, no varía en absoluto, en este caso, de igual forma se obtiene un “concierto de música”, que es una mercancía transable creada por los obreros que trabajaron en la producción, pero, por ser el dueño de los medios de producción, y por haber comprado la fuerza de trabajo, ahora pertenece al capitalista.

Esta incapacidad que tiene el obrero de percibir de manera real la magnitud del producto que genera es gracias a la división de trabajo. Mientras más grande sea la cadena de producción, menos conciencia tendrán los trabajadores de la magnitud del producto creado.

En el caso anterior, todas estas personas entregan su capital humano a un capitalista a cambio de un salario, ya que el dueño de la propiedad privada de los medios de producción a la cual pertenece esta cadena productiva, es el capitalista, y el músico obrero se ve en la necesidad de pertenecer a dicha cadena, ya que de no ser así, su capital de trabajo es totalmente inútil. Por ejemplo, un “músico de orquesta” necesita trabajar para una orquesta, su especialización, a la cual fue sometido durante su carrera, lo convierte en un obrero totalmente dependiente de ese trabajo, teniendo que negociar con el capitalista, quien es dueño de ese medio de producción, viéndose obligado a aceptar las condiciones de trabajo que se le imponen, por muy abusivas que sean, ya que si no se trabaja para una orquesta, ser “músico de orquesta” no sirve para nada. Esto permite al obrero asegurar su subsistencia, y por otra parte, permite al capitalista asegurar la Plusvalía.

Con esto se logra un importante incremento de la producción, pero a costa del desarrollo del trabajador, del músico en este caso, que por causa de la productividad capitalista pasa de ser un artista, a ser un simple ejecutor de una herramienta de producción (o instrumento musical).

La división de trabajo y la propiedad privada de los medios de producción, sustentan una serie de fenómenos que a continuación pasaremos a analizar.

Tomemos el siguiente ejemplo. En muchas universidades y conservatorios locales, la oferta de becas es bastante amplia, casi todas las instituciones ofrecen becas a los estudiantes, de igual manera, casi todas las becas que existen en el mercado educativo tienen como condición pertenecer a la orquesta de dicha institución, en ocasiones la beca consiste en dinero, en otras en una reducción en el arancel. Siendo sincero, y emitiendo un juicio acorde con la realidad, hay que aceptar que estas becas son una alternativa moderna que han encontrado algunas instituciones para suplantar contratos de trabajo que requieren mejores condiciones laborales y mejores salarios. La palabra “Beca” no es ni más ni menos que una coartada de los medios de producción modernos, pensados para explotar a una facción obrera que entra a el sistema de educación superior especializador, con la expectativa de emerger a una clase social superior, pero que lo único que consigue es entrar a un sistema que ha encontrado la forma de incubarlo y prepararlo para ser abusado. Basta pensar en las figura del trabajador “practicante” para que esto se torne incuestionable.

Los estudiantes, como facción obrera, comienzan su proceso de especialización dentro de las orquestas de las instituciones (las que actúan como el capitalista en el mercado de la educación), su fuerza de trabajo es entregada a la institución a cambio de una beca (no de un salario), esta beca, de igual manera que un salario, está destinada a satisfacer las necesidades mínimas requeridas para que el estudiante subsista como tal y le pueda ser útil como fuerza de trabajo a la institución, es decir, la beca le permite a la institución, entregarle al estudiante lo mínimo para que este pueda mantener su condición de estudiante y ser útil a la institución como tal.

Los bienes que producen los estudiantes no les pertenecen a ellos, les son totalmente ajenos, aunque salgan de sus propias manos, estos bienes son propiedad las instituciones. En el caso de las orquestas, las instituciones eligen al director, a los músicos, la cantidad de ensayo, los horarios de estos, el repertorio a interpretar, donde y cuando se interpretaran, mientras que los estudiantes están sometidos a tales condiciones, ya que si no las aceptan, no reciben el “beneficio” de la beca, y no pueden estudiar. Es por esto que los estudiantes que participan de estas orquestas, muchas veces se sienten desmotivados, no quieren tocar, hacen todo lo posible por faltar a ensayo y conciertos, se sienten totalmente ajenos a lo que producen, y en efecto, su producto no les pertenece. Las instituciones y los estudiantes creen que el producto del trabajo de estos últimos, le pertenece a las instituciones y estas pueden hacer con este producto lo que quieran. Claro ejemplo es que algunas instituciones destinan esta mercancía, producida por los estudiantes, a obtener beneficios específicos, sin importar las necesidades de los estudiantes, como destinar la orquesta a tocar solo música de carácter católico, a tocar para fines políticos convenientes para la institución, o a limitar a los estudiantes a acompañar exclusivamente solistas extranjeros.

Los estudiantes no producen para sí mismos, si no para las instituciones, este producto, al ser ajeno a los estudiantes, estos no pueden hacer uso de él, por ejemplo, el estudiante que toca en la orquesta, no puede llevar la orquesta a su casa, ni elegir el repertorio que se va a interpretar, por mucho que este sienta una necesidad intrínseca, ni por mucho que este incida de manera sustancial en la creación del producto, solamente la institución decide que hace con su producto, utilizándolo para su beneficio.

Para pertenecer a estas orquestas, las instituciones organizan concursos, competiciones que enfrentan a los estudiantes para ver quién es capaz de producir más y trabajar más rápidamente, muchas veces, dentro de las mismas orquestas, se otorgan becas de distinto valor a estudiantes que cumplen funciones similares, esto genera que los estudiantes se sientan ajenos a sus mismos compañeros, destruyendo valores como la cooperación natural, produciendo una sensación de soledad y generando hostilidad entre compañeros.

De la misma manera, el estudiante termina por sentirse ajeno a sí mismo, ya que la realidad que enfrenta en la institución, en la universidad o en el conservatorio está totalmente separada de la que enfrenta en su vida cotidiana, fracturándose él mismo.

Y como efecto final, los estudiantes, se encuentran ajenos a su propio potencial humano, y cada vez se realizan menos como tal, como artesanos y artistas, y quedan reducidos a maquinas ejecutoras de sonidos, se pierde la conciencia y la analítica, esto tiene como resultado, estudiantes convertidos en personas incapaces de expresar sus capacidades específicamente humanas, al final se convierten en seres totalmente ALIENADOS.

Resulta violento pensar la realidad musical de esta manera, muchos se negaran durante toda su vida a aceptarlo, pero lo cierto es que el deber natural de cualquier persona es aceptar, dudar, cuestionar y pensar.

“El hombre está condenado a ser libre; porque una vez arrojado al mundo, él es responsable de todo lo que hace” – Jean Paul Sartre

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