
La incredulidad de Santo Tomás – Caravaggio
Contexto
En agosto de 1942, la ciudad de Leningrado se encontraba bajo la invasión del ejército nazi alemán. A pesar de que no era la primera vez que sonaba (ya lo había hecho la Orquesta del Bolshoi en la ciudad de Kuibyshev), se estrenaba en Leningrado la 7° Sinfonía del compositor ruso Dimitri Shostakovich, interpretada por la Orquesta de la Radio de Leningrado, o mejor dicho, lo que quedaba de ella, ya que muchos de sus integrantes murieron en bombardeos, algunos otros de hambre o mal heridos, mientras tocaban por última vez su instrumento durante el primer y único ensayo. El concierto solo pudo llevarse a cabo, gracias a que la plana mayor del ejército rojo logro contener la carga de cañones dirigida directamente al teatro por parte del ejército nazi durante el concierto.
El 18 de octubre de 2019 comenzó la mayor revuelta social en la historia de Chile. Son múltiples factores los que dan origen a las ideas de subversión y son variados los actores que toman protagonismo en el movimiento social. La música es, sin duda, la expresión artística más eficiente a la hora de comunicar ideas revolucionarias, ya que, debido a los múltiples estilos (muchos de ellos populares y urbanos), logra llegar prácticamente al 100% de la población sin mayor esfuerzo. Desde la época de los juglares en el renacimiento, la labor social de los músicos es comunicar ideas de cambio. Durante el estallido social, el panorama no es diverso.
Hoy en día, y desde hace casi un siglo, la música ha sufrido una división más que notoria. Por un lado tenemos la música popular, la que ha sido un factor medular en la gestión de las ideas que han impulsado los cambios sociales, con el folclor, el pop, el rock, el jazz y el rap entre otros géneros, no solo en Chile, también en todo el mundo. Y por el otra parte, tenemos la tradicional música docta. Esta última, durante el estallido social, ha revelado y puesto en evidencia su verdadero rol en nuestra sociedad, que es estar al servicio de las élites, como uno entre tantos instrumentos de segregación, que funciona como el guante con el que la clase social privilegiada ha abofeteado por siglos a aquellos que no han tenido la oportunidad de tener una buena educación, que no provienen de familias de tradición, a quienes pertenecen a lo más profundo de las clases trabajadoras, a todos aquellos que han sido por muchos años nada más que su servidumbre, entre esos, los propios músicos.
Durante los episodios más duros que han caracterizado esta revuelta social, la ausencia de las principales personalidades de la música docta nacional fue igual o peor que la de la iglesia católica.
Opinión
Como digo a menudo “no es grave no saber algo, lo que sí es grave, es creer que lo sabes y actuar bajo esa primicia sin enterarte”.
La primera cosa que debemos hacer los músicos doctos, los que estudiamos en el conservatorio, los “músicos de verdad” como nos gusta decir, es aceptar que no somos más que empleaduchos, matones, y de los más baratos, de última clase, que estamos para destacar las enormes brechas sociales y culturales, que servimos para flagelar la cultura popular, pero no flagelamos por hambre o por sobrevivir, lo hacemos por vanidad, por sentirnos especiales, tenemos vocación por la segregación. Esta es la principal razón por la cual el rol de los músicos doctos en el estallido social es insignificante, nulo e inútil, totalmente incapaces de ser consecuentes con su propia clase social, porque el músico docto es mayoritariamente clase media baja, pero como sirve a las élites de manera directa, tiende a confundirse y a olvidar a momentos que es un instrumento, una luma, un vulgar azote.
Sé que es inevitable no hacerse cargo de lo que sucede con la labor social que muchas veces se pretende, y en otras tantas se logra de manera bastante consistente, aunque extremadamente aislada, con la música clásica. Me refiero derechamente a sacar niños de los estratos sociales vulnerables (de la pobreza) enseñándoles a tocar un instrumento musical. Es menester aclarar lo siguiente: Para salir de la pobreza, es necesario un instrumento social sistemático que permita tal utópica hazaña, de lo contrario, es imposible, por lo menos así lo evidencia la historia de la humanidad, por lo que cuando se pretende sacar de la pobreza a un niño enseñándole a tocar violín, lo único que se consigue es perpetuar su condición y multiplicar las posibilidades de que nunca salga de su estado de pobreza, salvo algunas excepciones, algunos “errores del sistema”.
Retomando el rol en el estallido social, es preciso hacer la comparación en el modo de aportar al movimiento social de los distintos agentes. Para los que apoyamos el estallido social, es inevitable inquietarse con lo que sucede en las calles, con los enfrentamientos entre manifestantes y las fuerzas del orden, y todo lo que sucede alrededor de estos enfrentamientos. Hemos sido testigos de verdaderas hazañas de intrépidos que, armados con instrumentos caseros y rudimentarios, arriesgan su vida por la causa, o muchas veces, por la integridad y la vida de otros manifestantes, por ejemplo, los improvisados equipos de rescate que actúan para dar primeros auxilios a los heridos. Hemos visto niños enfrentarse cuerpo a cuerpo en contra de carabineros de fuerzas especiales armados y equipados. También vimos a periodistas y reporteros recibir golpizas mortales y ser baleados por militares que se declaran en guerra. La realidad de los niños del sename, los femicidios, los asesinatos, violaciones y desapariciones de los cuales hemos sido testigos durante mucho tiempo, también durante esta revuelta social en manos de militares y carabineros, son sin ninguna duda, motivo de rabia e indignación.
No es raro sentir la necesidad de detener todo esto de alguna manera, de dar un alto súbito a tanta injusticia, o por lo menos, aportar en que estas cosas no sigan sucediendo, para lo cual, pensando en cómo se puede actuar de la manera más categórica e influyente posible, y de acuerdo a la gravedad y urgencia del asunto, algunos consientes han tomado la tajante y valiente determinación de tomar su teléfono móvil, tomar su instrumento, salir al balcón y grabar un video tocando “El derecho de vivir en paz” para después subirlo a sus redes sociales, y a punta de likes dar un verdadero tiro de gracia a la oligarquía chilena… ¡Patético!
Atrás quedaron aquellos años de guerras mundiales donde los músicos doctos combatían al invasor, armados con su instrumento (y probablemente con un fusil y un par de balas) y la 7° sinfonía del compositor ruso Dimitri Shostakovich, con una duración de 80 minutos aproximadamente, titulada “Sinfonía Leningrado” interpretándola en el mismísimo Leningrado y en medio de hambruna y bombardeos del ejercito nazi.
Las cosas han cambiado, y en chile probablemente nunca fueron (tampoco llegaron a tener ese calibre quizás, por suerte), ya que la música docta nacional, jamás ha sido parte de la cultura popular, nunca en la historia de Chile hemos hecho una sola cosa que nos haga dignos de estar a la altura de un estallido social, y aunque sea tan patéticamente triste, ni siquiera hemos sido un aporte para el desarrollo de nuestra propia identidad nacional, nuestra historia está escrita en la más infame mediocridad. ¿Para qué sirve la música docta en Chile?
Nuestra lucha de likes es la evidencia fehaciente de que esta moda de salir a tocar a los balcones “para darle animo a los que pelean en la calle” o “para visibilizar el movimiento” no es más que nuestra vanidad y nuestra vocación por la segregación, que todos noten que somos “un tanto diferentes”.
No hicimos nada para la revolución pingüina del 2006, tampoco para la estudiantil del 2011, por lo menos para esta, tengamos la decencia de aceptar que como músicos doctos, una vez más, no vamos a hacer nada, porque simplemente no sabemos qué hacer, o lo que hacemos no sirve para nada. Lo único que nos queda es salir a la calle, tomar un par de piedras, y hacer lo que la gente común y corriente ha hecho todo este tiempo, de lo contrario, toma tu redes sociales y hazte a un lado, basta de segregar, abramos los ojos de una vez y paremos de creer que somos especiales.
«Oye, tu me dices que protestas, pero tu postura no molesta, dime si tu fin es algo atacar o ganar aplausos» – Jorge Gonzalez